La noche agonizante se estremece
al escuchar los susurrantes pasos de mis tristes demonios,
las estrellas se burlan de mi roto corazón y,
la luna llora al olvido escribiéndole cartas bañadas
con lágrimas de fuego y besos tan asfixiantes como el hielo
aullante y quejumbroso.
Los fantasmas de mil almas bailan al compás de una canción
demasiado dolorosa para el sueño de los ángeles,
las rosas se han inclinado ante un rey desconocido
y las hadas bendicen las palabras de un príncipe arrogante,
pervertido por amores desesperados y palabras infieles.
El silencio recita poemas apasionados para heridas ardientes,
y el actor interpreta comedias interminables sobre payasos vulgares
y sombras indecentes.
La bestia le ha declarado su amor a su presa enamorada y cautiva,
tan indefensa como el cristal,
tan hermosa como el diamante;
los amantes de un cuento, se han vuelto espectadores
de su propia fantasía; han revuelto ilusiones y sonrisas hata convertirlas
en vino y miel para los labios de la princesa adormecida.
La dulce melodía del amor sigue prometiendole al piano agonizar
y morir a su lado,
mientras que este poema termina entre caricias y pactos,
destinados a los caídos
en la traicionera batalla de la pasión y la catástrofe,
tal como Romeo y Julieta,
con una daga y el veneno del candor y la inocencia.