He aquí al príncipe trágico,
la ilusión de la princesa ingenua;
el amante desesperado de las rosas perdidas,
el soñador de espadas, el dueño de las
mil caretas de cegadora belleza.
Un castillo de niebla derruida y desgarrada,
visten al príncipe con su amarga agonía,
lo ocultan tras la arrogante lanza de la fatalidad
y la melacolía.
La hipócrita tristeza del escritor apasionado,
es la tinta con la que el príncipe destroza corazones,
gobierna castillos de helados sentimientos y
combate con dragones y espectros tan falsos
como sus juegos.
He aquí a la princesa rota,
presa de un amor oscuro,
durmiendo entre los pedazos rotos
del corazón del príncipe trágico,
viviendo entre poemas solitarios y
esperanzas de amor verdadero.
El volcán que suspira dentro de la princesa
va extrayendo pedasos de su alma
que el poeta ha usado para componer
una serenata habitada por los fantasmas
de los dos amantes, de los dos ingenuos,
que han derramado su sangre en nombre
de las olas, en honor a un mar de ensoñaciones y
alaridos.
El príncipe trágico persigue las fantasías
de la princesa rota y tropieza con su insolita vanidad,
se refugia en la tierna calidez de su espejo y
besa devotamente sus embriagadoras esperanzas.
La princesa rota corre tras el alma de su trágico enamorado,
le apenan sus cínicas lágrimas, le duele su altanera provocación;
adora su seductora pasividad, pero la cruel tortura de su boca
la pierde y la vuelve a lastimar.
El príncipe trágico y la princesa rota, tú y yo,
jugando entre los cadáveres de un sueño inquebrantable,
pensando en la tragedia del amor y la vergüenza,
entre lo amargo de nuestra ruina y lo dulce de la oscuridad perprtua;
tú y yo, esperando el final de una carta casnsada y decadente.

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